Para algunos, escribir es una tortura o quizá un placer. Para otros, una necesidad. Para mí, sigue siendo una opción. Aunque, en realidad, no sé si lo hago porque me gusta o porque confío en que alguien pueda pasar un rato agradable en este rincón virtual.

Hoy, quizá no se cumplan ninguno de los dos supuestos. Pensaba divagar sobre un tema curioso, divertido e intrascendente pero al sentarme frente al teclado, la cabeza me ha jugado una mala pasada y a mi memoria ha acudido, sin yo invocarla, la sombra de mi padre.

Mi padre se llamaba Juan Antonio, olía a perfume inglés y a tabaco negro, y murió de un cáncer criminal hace 17 años, exactamente a las diez de la mañana del día 12 de octubre de 1.990. Lo sé, porque yo estaba allí. No hay mucho más que decir de él, salvo que era una buena persona.

Pero evocar la figura de mi padre supone, irremisiblemente, hablar de mí mismo. No puede decirse que yo fuera un ejemplo a seguir. Tuve una adolescencia errática, rebelde y poco gratificante para un progenitor bondadoso, de corte tradicional. Luego estaba la diferencia de edad. A tenor de los años que nos separaban, bien pudimos ser abuelo y nieto.

Alguien me dijo, andando el tiempo, que, con anterioridad a mi nacimiento, hubo un aborto. Un niño al que pensaban llamar Iñaki. Así que, poco después, llegué yo, quizá el remedio, quizá la enfermedad. El gran suplantador con el nombre robado al hermano fallido.

Atravesamos rachas terribles. Discutimos como el perro y el gato. Nos dijimos todo lo que un padre y un hijo se pueden gritar a la cara en los tiempos duros, cuando la juventud se sabe prepotente y atrevida.

Después, con el sosiego de los años, llegamos a compartir gustos y aficiones. Música, literatura, calle. Por eso, cuando envejeció de golpe, percibí que el destino me reservaba la peor de las sorpresas. Que ahora que mi padre era, por fin, mi amigo, me quedaría huérfano, desnudo.

El final estaba cantado. Sufrió mucho, demasiado. Quise permanecer a su lado todos los días, distraer a la muerte, regalarle los años estafados. Demostrarle que había madurado, que mi vida viajaba a buen puerto. Besarle y abrazarle.

Apenas hubo ocasión. De pronto falleció y con él mi alma. No sé cuánto tiempo permanecí a solas con el cadáver de mi padre, observando y fotografiando mentalmente sus manos, sus arrugas, su pelo. Como si tuviera terror a olvidarme de sus rasgos. Desde entonces, los muertos no me inquietan.

Luego me obsesionó su voz y quise retener su timbre, sus giros coloquiales, su manera intransferible de contar las cosas. Su risa.

A veces sueño con él. No son imágenes concretas. Sólo lo suficientemente esclarecedoras como para saber que, alguna que otra noche, ha vuelto para arroparme.

Mi padre me enseñó lo que nunca aprendí en la escuela: tolerancia, solidaridad, honor. Yo, entonces, lo desconocía todo. Pero gracias a él, mi forma de contemplar el mundo se volvió limpia y generosa.

Han pasado 17 años desde que me falta y aún tengo la sensación de que no pude quererle el tiempo suficiente, que todo se desmoronó cuando ya estaba listo para ser adulto.

Han pasado 17 años y, hoy, por motivos que desconozco, su recuerdo ha surgido del fondo de mi corazón. A bocajarro y sin previo aviso. Para recordarme que, por mucho que me esconda, siempre le echaré de menos.