UN AMIGO EN NAVIDAD
Algunos piensan que soy de natural detallista, aunque creo que están equivocados. Sin embargo, hoy quiero dedicar este post a una persona muy especial. Tx.V. Alguien que se precia de ser mi amigo a pesar de que yo no nunca se lo puse fácil.

Aunque en términos generales me considero un hombre afable y dicharachero, hubo una época en la que decidí declarar la guerra fría a todo bicho viviente. Tan espectacular transformación surgió, como un cáncer maligno, de un desengaño en cadena que me condujo a poner en duda toda la escala de valores que hasta entonces había defendido con uñas y dientes.
Odio social. Este sería el término más adecuado para definir un estado de ánimo permanente que no sólo mermaba mis ya para entonces exigüas relaciones sociales, sino que fomentaba en mí un comportamiento agrio y provocador, ajeno a mi carácter natural.
--Oye, ese que cruza la calle, ¿no es Iñakito?--.
--Sí, claro que es él...joder, qué careto lleva, si parece que vaya a matar a alguien...--.
Fue entonces cuando decidí, que el hombre es malo por naturaleza, que no existe la amistad desinteresada y que en la vida, como en la batalla, el que golpea primero, machaca dos veces.
--Iñakito, estás invitado, la cerveza la paga Gorka. (Gorka sonríe desde el fondo de la barra, mientras me lanza un gesto cómplice)--.
--Anda, Fermín, no me toques los cojones y cóbrate que yo no conozco a ningún Gorka, ¿estamos...?--.
Pasaron los meses y quien me conoció bien ya no se acordaba de mí. Dejé de frecuentar lugares comunes por no saludar a nadie y alterné en locales extraños atestados de desconocidos con los que no estaba obligado a cruzar una sola palabra.
Cuando la empresa me propuso hacerme cargo de la plaza de Pamplona, abandonando mi Bizkaia natal, pensé que podía ser una buena oportunidad para poner tierra de por medio con mi pasado reciente y emprender una etapa, si no ilusionante, sí al menos prometedora.
En la capital navarra no me ataban lazos sentimentales ni me aguardaban conocidos a los que dar la espalda. La ocasión llegaba en el mejor momento : una ciudad desconocida donde emprender una nueva vida y, lo mejor de todo, en la que poder pasar desapercibido.
Claro que entonces, no contaba con Tx.V. El más ilustre hostelero del barrio en el que acababa de instalarme, decidió, por su cuenta y riesgo, que le caía bien. Podéis imaginar mi estupor. Además de la consabida cafetería, mi amigo regenta una pastelería donde puntualmente compro el pan.
Y aunque yo no cedí un ápice en mi actitud reservada, (me limitaba a decir, --buenos días. Quería una barra blanquita. Gracias--), este madrileño afincado en la vieja Iruña, optó por no hacerme ni puto caso. O lo que es lo mismo. A tratarme como si nos cayéramos bien, con una familiaridad sin límites.
--Churri, le decía a mi santa, ¿tú crees que lo de este tío es normal?--.
--¡Qué tiene de malo!, se ve que te aprecia...--.
--Joder, pues no sé por qué, si yo no he hecho nada...--.
--No, si tú nunca haces nada...pues que sepas que piensa comprarte un regalo para tu cumpleaños...--.
--¿Le has dicho que pasado mañana es mi cumpleaños?--.
--Sí, supongo que sí...habrá surgido en la conversación...--.
-- Eso sí que no. Pero bueno, ¿a quién se le ocurre?. ¿A tí te lo ha dicho?--.
--Sí, claro, además te va a encantar--.
--Pues le tenías que haber dicho que no--.
--¡Anda, majo, mira que eres borde..!--.
Pasaron las semanas. Si me marchaba de vacaciones, Tx.V. me telefoneaba todos los días interesándose por mi descanso. Si acudía al fútbol, a presenciar un encuentro de Osasuna, me acompañaba cargado con una enorme caja de pasteles. Los regalos y agasajos se sucedían, sin causa justificada, y yo comenzaba a dudar.
--A lo mejor es un asesino en serie...--.
--¡Iñakito, qué cosas tienes, hombre!--.
--Pues ya me dirás. Todo esto es muy raro...--.
--¿Pero no te das cuenta de que te quiere y punto?--.
A comienzos de diciembre del año pasado surgió la inevitable conversación de las dichosas navidades.
--¿Qué plan tenéis?, nos preguntó, como si nada--.
--Bueh, lo de siempre. Nochebuena y Navidad en Bilbao, con la familia, y Nochevieja y Año Nuevo aquí, en Pamplona--.
--¿Los dos solitos...?--.
--Pues, sí, que las carreteras estarán muy malas y no es cuestión de coger el coche...--.
--¡Igual que yo!--.
--¿No irás a Madrid?--.
--No, pasaré el fin de año en Pamplona...--.
El 31 de diciembre del año pasado tuve la inmensa fortuna de compartir mesa con Tx.V. Este año volveremos a cenar juntos y a comer al día siguiente. Y lo seguiremos haciendo en el futuro. Porque ya no entendería unas navidades sin él.
El mejor regalo que he recibido en toda mi vida se llama Tx.V. Él me ha ayudado a comprender el verdadero valor de la amistad. Me ha enseñado a tolerar a mis semejantes, a no juzgarlos, a ser condescendiente y, por lo tanto, a perdonar.
Por eso, es justo que hoy se entere, por medio de esta entrada, de todas las cosas absurdas que se me pasaron por la cabeza hace justamente un año, cuando no era más que un hombre amargado por las circunstancias, y que jamás le he confesado a la cara.
El destino, que lo sabe todo de nosotros, me tenía reservado, al final del camino, el preciado don de la amistad. Por eso ahora, me siento el ser más dichoso del mundo. Tenía ganas de que lo supiérais porque siempre es un placer compartir bellas historias con todos vosotros.













aereon dijo
Me alegro de que tengas un amigo tan estupendo, la amistad sin reservas, sin derechos, sin agobios, es lo mejor (o casi) del mundo.
Yo si de algo me enorgullezco es de mis amigas, que siempre estan ahí cuando las necesito (y viceversa, que conste). Muchas veces es lo único que hace que no pierda la fé en este mundo en el que vivimos.
Un beso Iñakito
P.D: No me digas que los madrileños no somos unos soletes???? (jiijijijjiji)
19 Diciembre 2007 | 08:41 PM