PUERQUITO ADORABLE
Las Maris, las Pata negra, unas chicas muy cumplidas, han creado un galardón coctelero de lo más molón. Se llama "Premio puerquito adorable", (juas, juas). Mi amiga Fenicia, que es como es, ha tenido el detalle de concedérmelo. Pues nada, niña sureña, muchísimas ganas por el detalle. Y que sepas que es un honor ostentar tan exquisita distinción.
Y para que el premio vaya rodando, nominaré a los siguientes amigos/as :
--Cuatropatas.
--Mariana, la aldeana.
--Gwenda.
--Kilifa.
--Riyué.
--Catalaneta.
--Bruxana.
¡¡Enhorabuena a todos/as.!!.
Recibir el premio no supone trabajo alguno, no implica escribir algo relativo a los gorrinos, ni nada por el estilo. Basta con hacerse eco de la concesión y nominar a unos cuantos amigos. Pero como bien sabéis yo soy de los que prefieren agradecer la deferencia con unas breves líneas alusivas al asunto.
Lo primero que os quiero decir es que el primer cerdo que ví en mi vida era un lechoncito de lo más simpático. Tendría 5 ó 6 años, (yo, ¡ojo!, no el cochino, que acababa de llegar al mundo, el pobrecillo), y aquello sucedió en verano, en un pequeño pueblo de La Rioja, bañado por las aguas del río Iregua. Mi madre padecía de asma y el clima de aquella comunidad autónoma es ideal para este tipo de dolencias.
Yo era un niño totalmente urbanita. Así que os podéis imaginar lo que supuso descubrir un mundo rural totalmente ajeno a mi realidad, repleto de vacas, burros, cerdos y demás animales. Recuerdo que las casas de los vecinos disponían de cuadras en la planta baja desde las que se accedía, a través de unas estrechas escaleras de madera, al interior de las habitaciones.
Allí, inmerso en un hermoso paisaje preñado de viñedos, trigales y olivos, pasé algunos de los momentos más maravillosos de mi vida. Por aquel entonces, mis padres formaban un matrimonio joven e ilusionado, lleno de proyectos.

Del torpe aprendizaje, de la inocencia sin límites, aún retengo imágenes y olores inovidables. Si cierro los ojos puedo ver, por ejemplo, a mi abuela, con más paciencia que el santo Job, pastoreando con mano firme a toda una caterva de niños revoltosos.
A mi padre, varonil y sonriente, disfrutando de sus merecidas vacaciones estivales y vestido con una luminosa camisa blanca y unos fresquísimos pantalones azules que hacían juego con las alpargatas propias de la zona.
A mi madre, morena, enérgica y guapísima, provista de un enorme capazo de paja, haciendo la compra diaria en la plaza de abastos...
Formábamos una familia normal y razonablemente feliz. Ahora lo sé, estoy seguro. Pero de esos tiempos de sol y de aire puro no queda sino la memoria testaruda que se resiste a borrar algunas de las sensaciones que contribuyeron a conformar mi carácter y a moldear al hombre que llevaba dentro sin yo saberlo.
Actualmente, en contadas ocasiones, viajo a Logroño por motivos laborales. Cuando recorro el paseo del Espolón, alterno en los innumerables baretos de la calle Laurel o disfruto de una consumición en la terraza del "Café Moderno", imagino a mis padres cogidos de la mano y entonces, como por arte de magia, los vuelvo a divisar a lo lejos, mezclados con los transeúntes presurosos. Otra vez vivos, jóvenes y enamorados.
Ellos no me ven, pero yo puedo observar perfectamente como se detienen un instante, se besan como dos novios ilusionados y pasan de largo, atrapados por una animada charla. No hay duda. Ahora soy yo el fantasma. Un espectro llegado de la brusca realidad del presente que busca deseperadamente, en los rincones de la ciudad, el rastro difuminado del pasado perfecto.
Después, como en todas las familias, llegarían otras vivencias, otros problemas, otras circunstancias no siempre deseables. Pero esa es otra historia.
Bueno. Ya veis como un simple premio coctelero ha conseguido rescatar de mi interior a aquel chaval que se quedó boquiabierto, mientras contemplaba embobado a un adorable puerquito recién nacido.



















catalaneta dijo
joer Iñaki... el Telediario, vuelvo luego ja ja
Besotes luego leo eh?
Cata
12 Mayo 2008 | 09:04 PM