EL TONTO DEL PUEBLO
("El bufón calabacillas". Velázquez. 1.639. Museo del Prado, Madrid)
Formaron parte de nuestras vidas, crecimos junto a ellos e incluso nos sorprendimos con sus actitudes disparatadas, su aspecto inusual y su ingenuidad sin límites. Desconozco si en la sociedad actual, tan fría y tan aséptica, aún tiene cabida la figura entrañable del tonto del pueblo.
Hoy he recordado, sin saber muy bien por qué, a los tontos del pueblo que decoraron mi infancia. Personajes singulares que nos hicieron sonreir y de los que llegamos a burlarnos abiertamente, en nuestra ignorancia supina. Seres humanos libres como el aire, condenados a ser puros para siempre.
Mi tonto del pueblo se llamaba Luisito. Ahora que pienso en él y en su desgarbada figura, lo visualizo mayor, enjuto y estropeado, (unos 40 años de edad, muy mal llevados).
El simpar Luisito aspiraba a ser maestro en el arte de cúchares. Por eso acostumbraba a torear de salón, en el centro exacto de la plaza consistorial. Para ello, profesional y circunspecto, utilizaba su raída chaqueta a modo de capote, después de brindar la muerte del morlaco invisible a cualquier chica de buen ver que pasara por allí.
--¡Va por usted, señorita!.
Deferencia a la que la damisela de turno respondía apretando el paso, no sin antes esbozar una mueca de perplejidad.
Las cuadrillas de "txikiteros", (grupos de amigos que en el País Vasco alternan todos los días alrededor de unos vasos de vino, conocidos popularmente como "txikitos"), decidieron "adoptarlo", con lo que el bueno de Luisito gozó de inmunidad absoluta, hasta el punto de que todas las semanas le obsequiaban con algo de dinero e incluso le invitaban a beber de vez en cuando.
El problema es que, a nuestro particular Peter Pan, el alcohol le perjudicaba de tal modo, que su propia familia, alarmada por la situación, decidió tomar cartas en el asunto. El mismísimo alcalde, un falangista de camisa azul y correaje siniestro, famoso por sus desmanes megalómanos, emitió un bando histórico en el que, tras agradecer las buenas intenciones de los "txikiteros", instaba a los vecinos a no convidar a Luisito, bajo amenaza de multa.
("El niño de Vallecas" o "Francisco Lezcano". Velázquez. 1.642-1.645. Museo del Prado, Madrid)
A pesar de la normativa, Luisito continuó acudiendo puntualmente a los bares consumiendo, a partir de entonces, otro tipo de brebajes más saludables.
Durante los años duros del franquismo fueron proverbiales las bromas que los ciudadanos gastaban al poder establecido sirviéndose para sus fines de la innata "espontaneidad" de Luisito.
--Luisito, te doy una peseta si vas a ver al alcalde y le gritas : !!cagüen D...!!, ¡¡viva Rusia!!.
Y aquí tenéis a nuestro querido tonto, accediendo a toda prisa al despacho del primer edil, cuya fama de beato y meapilas había traspasado las fronteras del ámbito local.
--Alcalde...
--¿Qué quieres Luisito?.
--¡¡Cagüen D...!!, ¡¡viva Rusia!!.
--¡¡VIRGENSANTA...!!. ¡¡Luisito, eso no se dice que es pecado, cómo te agarre, (haciendo ademán de levantarse del sillón), te encierro en la perrera!!.
Para entonces, Luisito ya había puesto pies en polvorosa ante el mal disimulado regocijo de los funcionarios, que procuraban calmar como podían, al escandalizado cacique.
Os contaría muchas más cosas acerca de Luisito. Pero de momento, baste decir que murió relativamente joven y que su pérdida fue abrumadoramente llorada en toda la ciudad. Es cierto que, con posterioridad, hubo otros tontos locales de igual o mayor enjundia.
Sin embargo, nadie como Luisito supo concitar, en una misma sonrisa, la candidez y la inocencia de los niños grandes.


















kilifa dijo
Lo siento, ahora te leooooo je je
quiero ser la prime!!! je je
Sería la primera vez!!!
20 Junio 2008 | 09:16 AM