200 CABRONES

Quien me conoce sabe que soy de natural tímido. Al igual que los buenos árbitros de fútbol, me gusta pasar desapercibido y no dar el cante. Por eso odio a los voceras que intentan hacerse ver a toda costa en cualquier lugar público o a los pelmazos que ¿dialogan? gritando, a pesar de que te tengan arrinconado a menos de cinco centímetros de distancia.
Otra cosa que me repatea mazo son los aparatos parlantes que te dejan en evidencia ante el resto de los mortales : máquinas expendedoras de tabaco que agradecen la compra del humo después de soplarte una pasta gansa, locuaces ingenios que te informan, con pelos y señales, acerca del tipo de combustible que consume tu vehículo, o ascensores bocazas convencidos de que padeces un alzheimer prematuro...
Al hilo de esta angustiosa reflexión hoy he tenido una experiencia, creo que nada religiosa, que me ha tocado las criadillas de forma contundente y escasamente sensual.
Vitoria, 8 y cuarto de la mañana. Llego tarde al curro. Preso de un ataque de nervios y con un cigarrillo hábilmente suspendido de las comisuras de los labios me abalanzo, (cargado de carpetas), a una parada del tranvía repleta de gente.
Se nota que es hora punta. El convoy está al caer y por eso me apresuro a pulsar el botón correspondiente a "Un viaje" y a deslizar por la ranura el euro de rigor.
Ni "flowers". El jodío aparato se traga la moneda sin ofrecer a cambio el billete prometido.
Esto sólo me pasa a mí, mascullo irritado, mientras una viruta de ceniza se desliza peligrosamente a un sólo milímetro de mi corbata italiana de seda.
Estoy en un tris de rememorar mis años juveniles de rebelde sin pausa y comenzar a patear la pantalla táctil de los huevos. Pero me corto. Mogollón de peña civilizada, unos 200 para ser exactos, no pierde detalle y se arremolina con curiosidad morbosa a mi alrededor.
--Menuda putada, acierta a decir una churri, solidaria por los cojones, que parece divertirse con la desgracia ajena.
--¿Seguro que has metido un euro?, pregunta un desconfiado jubilado de la Renfe.
Mis dedos temblorosos comienzan a tocarlo todo de forma compulsiva.
--¡Buenos días, caballero!
Silencio sepulcral. El robot, además de robarte la pasta por la cara, también sabe hablar.
--¿Algún problema, caballero?
El robot no es un robot sino una "robota" de voz falsamente melodiosa y cantarina. Nadie en su sano juicio puede ser tan amable y tan optimista a esas horas de la mañana. Y, además...¿cómo sabe que soy un tío? ¿Acaso hay cámaras camufladas?
--Esto...
--Dígame, caballero.
Intento manejar el asunto con discreción pero 400 orejas desocupadas están pendientes del desenlace de la historia.
--Bueno, es que he introducido un euro y...
--Por favor, hable alto y claro, caballero.
--Mecagüenmiputavida...
--¿Cómo dice?
--(Alzando la voz). ¡¡Decía que ustedes, los del sindicato de robots del Tranvía de Vitoria, me acaban de chorar un euro por el morro. Eso es lo que digo, coño...
La "robota" de voz erótica y aterciopelada, ni siquiera se inmuta. Debe tratarse de un prototipo japonés provisto de un programa de geisha solícita.
--Sin duda se trata de un lamentable error, caballero. Usted debió pulsar el botón equivocado.
--¡Porque usted lo diga...! Sepa usted que, a pesar de los primeros achaques propios de la edad madura, aún sé sumar dos y dos...
Én un momento de lucidez pasajera, me pregunto qué cojones hago tratando de usted a una especie de máquina tragaperras...
--Comprobemos...Un momento, caballero.
Un par de segundos después, el chisme vomita una moneda de un euro.
--Tenga la bondad de intentarlo de nuevo, pero esta vez pulse la opción adecuada. Me consta que hace unos instantes intentó adquirir, al precio de un sólo viaje, un bono con validez ininterrumpida de 24 horas...Que tenga un buen día, caballero.
Rojo como un tomate obtengo, al fin, el ansiado boleto, entre la desconfianza general de la proba ciudadanía. A tenor de las miradas de desdén con las que me obsequian es obvio que el personal opina que soy un jeta que ha querido estafar al Consorcio Público de Transportes.
Cuando aparece el tranvía, he sido relegado a la última posición. Pero de pronto, en un vano intento por no quedarme en tierra, pierdo el equilibrio y las carpetas se desparraman por el suelo embarrado de la estación.
Parapetadas tras los cristales acierto a ver con claridad las sonrisas, próximas al descojono general, de mis 200 cabrones.
--¡Ojalá os traguéis todos los pinos de aquí a Burgos, hijos de la gran puta!, exclamo, al mismo tiempo que intento recomponer el desaguisado.
No pasa nada. Mientras procuro recolocar en su sitio el nudo de la corbata, enciendo un nuevo pitillo y me dispongo a esperar el próximo tranvía, me pregunto si la "robota" de acento sexi tendrá novio, si mi jefe, harto de esperar, me echará a la puta calle y si el jodido tranvía habrá descarrilado...
Cualquier cosa puede ocurrir. Al fin y al cabo, el día no ha terminado y esto promete...














Mariana la Aldeana dijo
JOe que adelantaos estáis en las Vitorias.
Jeje, no sabes lo que me he podido reír, es que te estaba viendo, jeje y jeje (con perdón).
Espero que el resto del día te haya ido de maravilla
Besos, guapísmo de sedosa corbata. Jeje, es que te estoy viendo, jeje.
21 Septiembre 2009 | 08:44 PM