CASAS, CASOS Y COSAS

¿Nunca os habéis parado a pensar que las casas, los pisos, tienen vida propia? Bueno, no sé si es eso exactamente lo que quiero decir.
Me refiero a que cada hogar, cada domicilio, huele de forma distinta, como si los materiales de los que están construidos, mezclados con el olor humano propio de sus habitantes y el aroma que desprende el mobiliario, formara un sólo e intransferible perfume, de difícil catalogación, que suele permanecer suspendido en el ambiente de forma invariable.
En los últimos años, por motivos laborales, me he visto obligado a cambiar de residencia con bastante frecuencia. Y os puedo asegurar que ninguna de las viviendas que he ocupado hasta la fecha contienen el mismo o similar olor.
Mi nuevo hogar en Vitoria está muy bien. Se trata de un piso amplio, provisto de mucha luz y dotado de unas vistas espectaculares que apuntan, entre otras maravillas paisajísticas, a un frondoso parque público.
Pero mudar de apartamento no se resume en una cuestión meramente olfativa. Hay algo más. Primero, como es natural, te tienes que acostumbrar a la nueva geografía doméstica y muy especialmente a la disposición de las habitaciones.
Somos animales de costumbres y eso también se nota particularmente en los gestos habituales e inconscientes que realizamos todos los días de forma mecánica.
Apenas llevo cuatro meses aquí y aún confundo el dormitorio con el cuarto de la plancha, no consigo acostumbrarme a la disposición de los interruptores de la luz e incluso pretendo abrir un armario inexistente.
La explicación a tanto despropósito es que tengo interiorizado mi anterior habitáculo de tal forma, que sigo actuando de manera testaruda y automática, del mismo modo en que lo he hecho en los últimos cinco años.
Cuando me acuesto y cierro los ojos pienso, indefectiblemente, que aún me encuentro desparramado en la vieja cama de mi anterior residencia. Y si me levanto a oscuras, con la perentoria intención de ir al aseo, dirijo mis pasos, una y otra vez, al lugar equivocado para disgusto de mi rebosante vejiga.
Lo mismo sucede con los ruidos vecinales. En la actualidad me encuentro en plena fase de aprendizaje, intentando cifrar conversaciones y discusiones ajenas, gritos y lloros infantiles y portazos varios.
Esto, me ha contado un médico amiguete, no tiene mayor importancia. Obedece simplemente a un proceso de aclimatación que lleva su tiempo.
A pesar de ello, por lo que pueda ocurrir, he tomado mis precauciones y de momento procuro no emborracharme en exceso, no sea que me presente en el primero izquierda, en vez de en el quinto centro, y los vecinos decidan denunciarme por escándalo público.
Calculo que aún necesitaré unas cuantas semanas para habituarme del todo a mi nueva dacha. Claro que, llegado el caso y al paso que va la burra, es más que probable que me hayan trasladado a otra capital y me vea obligado a comenzar de nuevo…
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cata dijo
Es cierto Iñakito... Cada hogar se transforma en una estancia personal.
Je je je, la de veces que me ha pasado eso de confundirme... incluso dentro de la misma vivienda cuando hago cambios... Sí las paredes hablaran...
Besitos
28 Septiembre 2009 | 08:51 PM