CLASICA ELEGANCIA BILBAINA

Ayer me compré un traje. Acudí de mala gana a uno de esos macrocentros comerciales, saturados de familias latosas, en los que apenas se puede respirar.
Quien me vio traspasar sus puertas estaría en un tris de llamar a la pasma. Quiero decir que cuando voy de tiendas, mi aspecto se transforma al estilo de El Increíble Hulk y adquiero el aspecto paranoico del típico asesino mochales del MacDonalds de turno, tal es mi aversión a este tipo de locales.
Al principio tuve suerte. Quería un traje clásico, nada estridente, azul oscuro de los de toda la vida, y lo encontré a buen precio en el escaparate de una boutique con pinta de discoteca.
- ¿Puedo ayudarle en algo?
La voz procede de una dependienta lustrosa y pechugona dispuesta a colocarme la mitad larga de la mercancía.
- ESTE TRAJE, señalo con autoridad antes de que intente venderme 20 jerseises de rombos, media docena de cinturones de goma y 16 kilos de camisas jaguayanas.
Me pruebo la americana y me está como un guante. Me pruebo el pantalón y parezco Cantinflas.
La dependienta no puede evitar la risa.
- Estooo, bien, quizá con unos arreglillos...
- Joder, aquí cabemos dos...¿No es posible combinar una talla con otra?
- Imposible, estamos en rebajas. No podemos separar las prendas...
- Vaya por Dios. O sea que si elijo una talla menos, los pantalones me estarán perfectos y la chaqueta como una manta zamorana...
- Ekilikuá, veo que lo ha captado.
La dependienta comienza a caerme mal. La muy cabrona hace verdaderos esfuerzos por mantener la compostura y no soltar la carcajada.
- Hágame caso. Yo se lo estrecho en un pis pas. Ni se va a notar, ya lo verá.
Debemos estar a unos 40 grados centígrados. Lo sé porque con el trajín de quitarme y ponerme la ropa me siento como un charco. La perspectiva de salir y volver a recorrer el centro comercial en busca del puto traje me produce naúseas. Así que, finalmente, acepto resignado.
- Dése la vuelta y sostenga los pantalones a la altura que desee, ni muy altos, ni muy bajos. Le advierto que tengo las manos frías, ji, ji...
A través del enorme espejo que se alza frente a mí, contemplo a un personaje patético, pariente de los Hermanos Tonetti, que sostiene la prenda con el puño crispado, mientras la dependienta, arrodillada a medio centímetro de su culo, hurga su intimidad y clava mogollón de alfileres con la habilidad de una experta en vudú.
- Hala, majetón, ya puede cambiarse.
Camino hacia el probador haciendo caso omiso al cachondeo general que se traen las compañeras de la susodicha. Una vez dentro, cierro la puerta e intento bajarme los pantalones, pero no hay caso. Algo no marcha bien.
Preso de un ataque de ansiedad, me pongo burro y tiro hacia abajo con fuerza. De pronto, me encuentro en pelota picada. La muy animala me ha hecho la acupuntura en seco y ha "cosido" los pantalones a los gayumbos.
- Esto sólo me pasa a mí, maldigo mientras vuelvo a colocar todo en su sitio.
- Señorita...
Avanzo ruborizado hacia el mostrador, pero la dependienta no aparece por ninguna parte. Tengo ganas de asesinar a alguien. Las empleadas cuchichean entre sí y se descojonan sin ningún disimulo. Sigo teniendo ganas de asesinar a alguien.
- Dígame, caballero.
- Por fin...mire, es que tengo un problemilla (en voz baja y al oído) : bsss, bssss, bsss...¿comprende?
- Juas, juas, ¡ay qué despiste más tonto!. Ejem, dése la vuelta que eso lo solucionamos antes que canta un vizcaíno. Pero ya sabe, tengo las manos frías, ji, ji...
El viernes tengo que ir a recoger el traje. Aunque bien mirado, igual le digo a mi amigo Periko que me haga el favor y vaya en mi nombre.
Ya os digo que no soy mucho de tiendas...

















cata dijo
Ja ja ja.... uishhhh, perdón... no querría yo ahora que pensaras que me río de tí Iñakito, pero es que... JA JA JA JA JA..
Vale! vuelvo cuando se me pase...
27 Enero 2010 | 08:18 PM