Yo me hice hombre en un colegio religioso y no por ello me considero un descerebrado, ni mucho menos una mala persona. Aunque es cierto que la educación que tuve a bien o a mal recibir fue estricta (yo diría que hasta dolorosa) si nos atenemos a la pedagogía del palo y tentetieso a la que nos sometían los curas de entonces.

Una pena, en mi opinión.  De hecho, esa forma tan radical de poner en práctica el obsoleto refrán castellano que dice : "la letra, con sangre entra", me convirtió en un alma perdida para la causa, en un ateo irredento que observa el panorama católico como el que oye llover, indiferente a todo lo que rodea al negocio de la fe.

En resumen : aprecio lo poco o mucho que me enseñaron y desprecio profundamente aquel radicalismo del pecado mortal que tanto terror nos infundió cuando éramos chicos.

Aún así, no les guardo rencor. De hecho no voy quemando iglesias, pero tampoco me provocan excesiva simpatía. Símplemente, paso de ellos.

A decir verdad, no me ha sorprendido el escándalo de los abusos sexuales infantiles. Todos los que nos hemos formado en algún centro católico conocemos sórdidas historias relacionadas con el asunto.

Pero tampoco quiere esto decir que se trate de una práctica habitual del clero. Desgraciadamente nos enfrentamos a una lacra abominable que afecta por igual a todos los estratos sociales y profesionales sin distinción. Y la Iglesia, como cualquier otra organización humana, también corre el riesgo de verse inmersa en estos y en otros desmanes.

Lo que ya no me hace tanta gracia es la escasa autocrítica de la que han hecho gala los altos prelados de la cosa, incluido el propio Papa.

Es sólo una opinión. Pero me parece que en este caso no basta con pedir públicas disculpas. El Vaticano debería, además, investigar a fondo, limpiar y airear la casa, y poner a disposición de la justicia a todos los pederastas que vistieron y aún visten sotana.

De lo contrario, muchos ciudadanos y ciudadanas seguirán teniendo la sensación de que alguien les está tomando el pelo y de que el manido chiste del "Totus Tontus" continúa vigente. 

Ni la sociedad en general se lo merece, ni mucho menos todos esos hombres y mujeres que, de manera abnegada y generosa, decidieron entregar sus vidas a los menos favorecidos, siguiendo el ejemplo de Jesús de Nazareth.